viernes, 30 de enero de 2026

4 meses


 

 

El 29 de septiembre de 2025 quedará grabado en mi memoria para siempre.
Esa fecha fue siempre especial para mí: el día de los Arcángeles, de quienes soy devota. Mi padre lo era, en especial, de San Rafael.
Y en ese día tan sagrado, a las 9 de la mañana, fue llamado por Dios.

Hoy se cumplen cuatro meses de tu partida, y son tantos los sentimientos encontrados…
Te extraño. Extraño tus mensajes de educación, de cultura, de música; aquellos que me decías que guardara y organizara.

Pero no puedo ser egoísta. Sé que así debía ser. Tarde o temprano todos debemos partir.

Gracias, papi. Te esforzaste tanto por ser un buen padre. Diste lo mejor de ti para formar una familia con buenos valores.
Tus enseñanzas y tu ejemplo siempre nos acompañarán, aunque físicamente ya no estés con nosotros.

Eres el mejor padre que Dios me pudo dar en la tierra.
Te amaré por siempre.

 

Bertha  Marina Abad 

Imagen de cortesía freepik 

 

domingo, 18 de enero de 2026

Travesías urbanas

 




No hay nada más terapéutico que reírse de la impotencia. Sobre todo cuando la impotencia dura más de dieciséis horas, incluye llanto estratégico y se presenta disfrazada de viaje corto. Porque esto no era una epopeya: era un trámite. Ir, retirar el pasaporte y volver. Una gestión mínima. Un acto de fe administrativa.
Pero ya lo sabemos: en este país, todo trámite es una prueba de carácter.

Salí de la terminal con esa emoción casi cívica que provocan las cosas que funcionan. Limpieza, orden, puntualidad. La empresa de transporte era tan precisa que uno sospechaba estar en una sucursal suiza camuflada en la llanura santafesina. Subí al colectivo, busqué mi asiento, mi ventanilla —derecho humano básico— y partimos puntuales desde Rafaela.
Demasiado puntuales. El sistema aún no había mostrado los dientes.

Mi compañero de asiento era un señor de más de ochenta años, espécimen clásico del transporte interurbano: habla poco, protesta mucho. Refunfuñón matriculado, tos antigua (de esas que ya no se curan, se transmiten) y malhumor consolidado. Decidí aplicar una estrategia de supervivencia social: no existir. Mirar por la ventana, apoyar la cabeza y dormir.

No dormí. El señor se alteraba si alguien hacía ruido, si caminaban por el pasillo o si tenían la osadía de vivir. Lo observé comerse unos alfajores santafesinos con la concentración de quien sabe que ese puede ser su último momento de felicidad sólida.

La tragedia ocurrió en San Nicolás.

El ayudante anunció el destino y el señor despertó como un resorte maldito. En su sacudida involuntaria —una mezcla de tromba marina y reflejo ancestral— golpeó al pasajero de atrás. Fue entonces cuando, sospecho, perdió la dentadura. Yo asistía al espectáculo con prudencia sanitaria mientras él buscaba debajo del asiento, detrás del respaldo, en zonas donde la esperanza ya no llega.

Al amanecer, cuando se levantó, quise despedirme con educación. Vi su boca recogida, incompleta, oficialmente en huelga. Comprendí. No ofrecí ayuda. Hay pérdidas que son privadas.

Seguí mi camino: consulado, pasaporte en mano, reloj en modo amenaza. Aviso a mi esposo: hay que comprar pasaje ya. “Corré, sale uno a las diez”, me dice. Tengo media hora. “Llego en cuatro minutos”, respondo, confiada, como toda persona que aún cree que la lógica rige algo.

Pero el sistema, creativo como siempre, sumó un giro: los códigos de pago no aparecían. Corrí a la taquilla, me perdí en la terminal (que se expande cuando una entra en pánico), llegué sin aire. El empleado —

— me señaló el bus que, según él, estaba por partir. No mentía: tenía esperanza. Que es peor.

Salimos tarde. Muy tarde. Yo conversaba con un chico recién egresado de secundaria, lleno de sueños, rumbo a Bolivia con su mamá y su hermanita. Me dormí. Vi pueblos que no sabía que existían. Desperté en Rosario convencida de estar cerca.

Error de principiante.

A las 18 horas miré el reloj, el paisaje, y una localidad  San Vicente, miró por Google mapas la distancia para llegar a Rafaela. Faltaban más de cuarenta y cinco minutos. 

Avisé a mi esposo. El conductor llamó a la terminal. Me esperaron un poco. El último colectivo del día.
No alcanzó.

Lloré. No por sensibilidad artística, sino por logística: el último colectivo a mi pueblo había partido y ese pueblo —hermoso, tranquilo, pintoresco— es un agujero negro del transporte público. No entran los buses. No salen las soluciones.

Me ofrecieron dejarme en una ruta. Mi esposo, aún cuerdo, dijo que no. Una amiga ofreció su casa. Yo fui a la taquilla a hacer una sugerencia para el futuro. Ingenua.

Ahí apareció la representante del sistema.

—Ya sé lo que querés y qué tipo eres 

 —me dijo, sin saludo ni contexto.
—No soy de acá —respondí—, no sé a qué se refiere.
—Claro, después pedís devolución, te quejás, decís que te tratan como vaca porque no puedes estirar las piernas en el bus…

Me quedé muda. O tengo una gemela recorriendo terminales y dejando mala fama o esa señora estaba ensayando una obra sobre el resentimiento institucionalizado. Salí llorando otra vez, esta vez por estudios sociológicos no solicitados.

A las 22:30 una pareja amiga me rescató. Llegué a casa después de más de dieciséis horas, sin haber cometido delito alguno, con pasaporte nuevo y autoestima golpeada.

Hoy me río.
Porque sobreviví.
Porque reprimir emociones enferma el cuerpo y escribirlas ordena el caos.
Porque aprendí algo esencial para futuros viajeros:

el sistema te trata como ganado,
pero no todas las vacas aceptan viajar sin estirar las piernas.

No fue un trámite.
Fue un retrato social con equipaje de mano.


 Bertha Marina Abad

Imagines de cortesia de Freepik 

 


jueves, 15 de enero de 2026

📱 GUÍA BÁSICA PARA USAR EL CELULAR

 




Para adultos mayores:

 

1️⃣ Encender y apagar el celular

  • Encender:
    Presiona el botón del costado del celular durante 3 segundos hasta que la pantalla se ilumine.

  • Apagar:
    Mantén presionado el mismo botón y toca la opción “Apagar” en la pantalla.


2️⃣ Desbloquear la pantalla

  • Presiona el botón del costado.

  • Desliza el dedo por la pantalla hacia arriba.

  • Si pide un código, huella o dibujo, introducirlo con calma.

👉 Consejo: si es posible, usar huella digital es más fácil que recordar claves.


3️⃣ Contestar y hacer llamadas 📞

Contestar una llamada:

  • Cuando suene, toca el botón verde o desliza hacia arriba.

Hacer una llamada:

  1. Toca el ícono de Teléfono 📞

  2. Marca el número o busca el contacto.

  3. Presiona el botón verde para llamar.

👉 Consejo: guarda los contactos con nombres grandes como
“Hija”, “Hijo”, “Doctor”, “Casa”


4️⃣ WhatsApp (lo más importante) 💬

Abrir WhatsApp:

  • Toca el ícono verde con un teléfono blanco.

Leer mensajes:

  • Toca el nombre de la persona.

  • Lee el mensaje en la pantalla.

Enviar un mensaje escrito:

  1. Toca el espacio donde dice “Escribe un mensaje”

  2. Escribe con el teclado.

  3. Presiona el botón enviar

Enviar audio (más fácil):

  • Mantén presionado el micrófono 🎤

  • Habla

  • Suelta el botón para enviar

👉 Consejo: los audios son ideales si le cuesta escribir.


5️⃣ Subir y bajar el volumen 🔊

  • Usa los botones del costado del celular:

    • Arriba: más volumen

    • Abajo: menos volumen


6️⃣ Ver fotos 📷

  • Toca el ícono de Galería o Fotos

  • Desliza el dedo a los lados para ver más fotos


7️⃣ Cargar la batería 🔋

  • Conecta el cargador al celular y a la corriente.

  • Déjalo cargar cuando la batería esté baja (menos de 20%).

👉 Consejo: cargar el celular todas las noches crea un buen hábito.


8️⃣ Consejos importantes ❤️

  • No tocar mensajes extraños ni enlaces raros.

  • Si algo no entiende, preguntar sin miedo.

  • Practicar todos los días un poquito.

  • Tener paciencia: aprender lleva tiempo y está bien.

     

    Suerte 

    Con cariño para mi suegra  Lili

     
     

     
     
     
    Imagen de cortesía Freepik 


lunes, 12 de enero de 2026

Se busca: recompensa a quien la encuentre.

 




Responde al nombre de Prudencia.

Hace mucho que no la veo. ¿Se habrá muerto?
Para algunas personas, claramente sí.

La prudencia desaparece cuando alguien pregunta:
—¿Por qué no te pintás el pelo?
—No te dejes las canas…
—¿Y tu esposo? ¿Te dejó por una más joven?
—¿Por qué tu perro ladra?
—¿Por qué no vendés esto y hacés aquello?

Preguntas lanzadas con liviandad, como si la confianza otorgara patente de corso para invadir la intimidad ajena. Como si opinar fuera una obligación y el silencio, una falta.

Conviene recordar que existe algo llamado tacto.
La prudencia es eso: una forma mínima —y cada vez más escasa— de educación.
No todo lo que se piensa debe decirse.
No todo lo que se sabe autoriza a aconsejar.
Y no toda cercanía habilita a cuestionar.

Dar consejos donde nadie los pidió no es generosidad: es intromisión.
La prudencia, en cambio, es una virtud silenciosa, discreta, casi invisible… pero profundamente humana.

 

Aristóteles la llamaba phronesis: la sabiduría práctica, la que sabe cuándo hablar… y cuándo callar.
Hoy parece una especie en extinción.

Séneca advertía que no todo lo verdadero debe decirse.
Pero abundan quienes confunden franqueza con brutalidad
y opinión con derecho adquirido.

Y Gracián —si levantara la cabeza— repetiría que “saber callar es el arte de los sabios”,
mientras observa cómo se reparten consejos no solicitados
con la ligereza de quien reparte volantes.

Decían los antiguos que la prudencia es madre de todas las virtudes.
Yo diría algo más simple:
la prudencia hace verdaderos santos.

 


Imagen de cortesía Freepik


lunes, 22 de diciembre de 2025

La Navidad sin ti, papá, pero con fe en el Señor

 


 

Desde que tengo memoria, en casa fue tradición enviar tarjetas. No queremos perderla, aunque ya no estés, papá.Dejaste un legado hoy la Familia Abad López.(Tú. Esposa e hijas).

Se siente un sabor distinto, les deseamos a todos los familiares, amigos y conocidos:

"Una muy feliz Navidad. Que el nacimiento de Jesús. Llene de Amor, Esperanza y paz, sus hogares."



viernes, 12 de diciembre de 2025

¿Cómo reconocer un sapo?

 

 



 

 

Quizás la palabra sapo —o lambón, para los que manejan diccionario colombiano avanzado— suene muy nuestra… y sí, la dominamos como nadie. Desde la pandemia, con el miedo en oferta y el combo “cuidémonos todos”, muchos se volvieron agentes especiales del vecinómetro, expertos en reportar al que respiraba fuera del protocolo.

 

Porque claro, nada decía “amor al prójimo” como sacar el celular para delatar al que se bajaba el tapabocas tres centímetros. Héroes anónimos, les decían… aunque héroes sin capa, sin sueldo y, sobre todo, sin vergüenza.

 

Y lo mejor: los mismos indignados defensores de la humanidad son los que después cobran el doble, se burlan del que pueden y hacen “travesuras” que ya rozan el código penal… pero ojo: eso sí es normal, porque ahí nadie se muere, ¿cierto?

 

Al final nos convertimos en sapos asustados, creyendo que salvábamos al mundo cuando apenas podíamos con nuestro propio pánico. Héroes no: vigilantes improvisados con complejo de moral elevada.

 

Recordatorio amistoso: hay vida más allá del cuerpo… se llama conciencia. Así que, por su propio bien, no sea sapo. Viva su vida sin meterse tanto en la de los demás.


Que muchos hablan de libertad con voz firme… pero viven más amarrados que perro en finca ajena.

 

Imagen de cortesía freepik 



sábado, 22 de noviembre de 2025

Había una vez una mamá extremadamente floja.

 


"Ignoro el nombre del autor primigenio, pero su obra me impulsó a teñir este escrito de una ironía más intensa, entrelazando en él algunas vivencias propias.”

 

Tan floja, pero tan floja, que decidió dejar de trabajar fuera de casa para dedicarse 24/7 a su bebé. ¿El motivo? Bueno, supuestamente era por el “APEGO”. Claro, porque nada dice "profesionalismo" como renunciar a tu vida social, laboral y personal por un ser que ni siquiera sabe hablar todavía.

Era tan floja que en vez de ponerle un cronómetro al bebé, como todo buen experto recomienda, simplemente le daba el pecho cuando le daba la gana. ¡Una locura! El bebé debía de ser un privilegiado al recibir algo tan prohibido, tan revolucionario como la “LIBRE DEMANDA”. Como si eso no fuera todo un acto de comodidad extrema.

Y claro, también era tan floja que, en lugar de dejar al bebé en su cuna para que desarrollara sus pulmones con el llanto, lo cargaba todo el día. No solo eso, lo llevaba en esos fulares ridículos, como si el bebé fuera un accesorio de alta costura, todo calentito, seguro y feliz. Pero ella lo llamaba "PORTEO". ¿Y qué es eso de poner al bebé a dormir solo cuando hay un sofá tan cómodo al lado? Pura flojera.

Pero lo mejor de todo: ¡le dio solo leche materna por seis meses! Nada de agua, ni té, ni juguitos. No. La pobre criatura probablemente se estaba deshidratando en secreto, pero ella, tan floja, prefería llamarlo "LACTANCIA EXCLUSIVA". Un mito, claro, porque como todos sabemos, los bebés solo sobreviven con fórmula, agua y una pizca de cereales a los 2 días.

Y para ser más floja aún, en vez de seguir las reglas sagradas de no permitir que el bebé duerma contigo, lo acurrucaba en su cama, para no tener que levantarse a mitad de la noche. Nada de ir a la cuna. Claro, porque dormir bien es para débiles, ¿no? Todo eso lo llamaba “COLECHO”. Pero, qué fácil… qué flojo.

 

Y en lugar de pasar horas en la cocina triturando papillas que ni ella misma comería, le daba trozos de comida real para que el bebé experimentara. Y sí, terminaba limpiando todo como si estuviera pintando un cuadro moderno con papilla, pero ella lo llamaba “BABY LED WEANING”. Revolucionaria, sin duda.

 

¿Y qué tal la parte de la movilidad? No le enseñaba a sentarse, pararse ni caminar. Simplemente esperaba que el bebé lo hiciera cuando su cuerpo se lo pidiera, sin forzar nada. Porque, ¿por qué hacerle el trabajo a la naturaleza cuando puedes dejar que ocurra por pura flojera? Y, para que el bebé estuviera más relajado aún, ni siquiera le ponía zapatos. “LIBRE MOVIMIENTO” decía, como si todo fuera una excursión al paraíso.

 

Ah, y claro, ni se molestaba en llevarlo a talleres de estimulación temprana. No. Le daba un entorno adecuado para que el bebé explorara el mundo por su cuenta. Cómo se atrevía a hacer algo tan pasivo, tan irresponsable. Ella le llamaba eso ACOMPAÑAMIENTO, pero los demás probablemente lo llamarían “dejarlo a su suerte”.

 

Pero, lo más grave, lo absolutamente más imperdonable: era tan floja que no forzaba al bebé a dejar el pañal ni la teta. ¡Qué escándalo! Ella simplemente esperaba pacientemente, como si eso de respetar el proceso natural del niño fuera una forma de no hacer nada. A eso le llamaba “CRIANZA RESPETUOSA”. Pero en realidad, todo era pura flojera disfrazada de sabiduría.

 

Y, lo peor de todo:
Era tan floja que no solo no escuchaba a los críticos y los juicios ajenos, sino que prefería ser feliz y amar a su bebé sin preocuparle lo que opinaran. Qué descaro, ¿verdad?

 

De floja, nada.
De sabia, todo.

 

Bertha Marina Abad 





4 meses

    El 29 de septiembre de 2025 quedará grabado en mi memoria para siempre. Esa fecha fue siempre especial para mí: el día de los Arcángele...