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Desde que tengo memoria, en casa fue tradición enviar tarjetas. No queremos perderla, aunque ya no estés, papá.Dejaste un legado hoy la Familia Abad López.(Tú. Esposa e hijas).
Se siente un sabor distinto, les deseamos a todos los familiares, amigos y conocidos:
"Una muy feliz Navidad. Que el nacimiento de Jesús. Llene de Amor, Esperanza y paz, sus hogares."
Aceptar la muerte de un ser querido, y en especial la de un padre, es una de las pruebas más difíciles que nos da la vida. Aun cuando nos aferramos al consuelo que nos da la fe, a la esperanza en la resurrección, y a la cercanía divina en el dolor, el vacío sigue presente. Sin embargo, encontramos paz al recordar que, a través de la fe, Dios nos consuela para que, a su vez, podamos consolar a los demás.
La vida es efímera, y aunque el duelo es un proceso natural y necesario para todos, no tengo por qué reprimirlo. En cambio, elijo celebrar la vida de un hombre ejemplar. Mi papá, aunque humano y por lo tanto imperfecto, es la persona más maravillosa que he tenido el privilegio de conocer. Sus palabras, su ejemplo, su amor. Los recuerdos que dejó son mi mayor homenaje a su legado. En cada libro que me regaló, en cada dedicación que escribió con tanto cariño, lo siento presente.
Este año, las fiestas tienen un sabor distinto. Papá, ya no estás físicamente con nosotros, pero tu espíritu sigue iluminando nuestras celebraciones. Y aunque el dolor de tu ausencia es real, nuestra fe nos sostiene. Sabemos que la eternidad nos espera, y en esa esperanza encontramos consuelo.
Desde que me casé, no volvimos a compartir una Navidad juntos como aquellas en las que tú guiabas la celebración con tanto amor y devoción. Recuerdo con tanto cariño esos momentos: las tarjetas de Navidad que hacías, la novena a las nueve de la mañana después del desayuno, para que pudiéramos asistir a las de la noche. Las risas, los abrazos, el Amigo Secreto en familia, y esa emoción que sentíamos al arreglarnos para la Nochebuena. A las doce, encendíamos las velas y rezábamos con fe la oración de Navidad, poniendo al Niño Dios en el pesebre, todo como un acto de amor hacia el Señor.
El 31 de diciembre era otro momento especial. A las tres de la tarde comenzaban los preparativos para la cena. Cocinábamos en familia, cada uno aportando algo. No era solo trabajo físico, sino una verdadera comunión de amor. Recuerdo cómo marcabas con cariño los pasteles que no llevaban cerdo, pensando siempre en cada detalle, como Dios nos enseña a ser.
Y cuando llegaba el momento de esperar el Año Nuevo, como siempre decías: "Es solo un cambio de calendario", aunque todos sabíamos que, al igual que el tiempo, Dios nos da nuevas oportunidades para vivir en Su gracia. Celebrábamos con alegría, con brindis, y sobre todo, con la oración de fin de año, pidiendo bendiciones para todos. Ese billete que nos entregabas, era como un pequeño recordatorio de que siempre debemos confiar en la providencia divina.
Hoy, aunque las fiestas tienen un sabor distinto, te siento presente en cada oración, en cada sonrisa compartida, en cada momento de paz. Papá, aunque ya no estás aquí con nosotros físicamente, sabemos que nos reuniremos en la gloria eterna. Y mientras tanto, te confiamos al Señor, con la certeza de que Él te tiene en Su luz eterna.
Sigues siendo parte de nuestra Navidad, de nuestras oraciones, y de nuestra esperanza en la vida eterna.
Imagen de cortesía Freepik
Fotografía Álbum Familiar
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