Se busca: recompensa a quien la encuentre.

 




Responde al nombre de Prudencia.

Hace mucho que no la veo. ¿Se habrá muerto?
Para algunas personas, claramente sí.

La prudencia desaparece cuando alguien pregunta:
—¿Por qué no te pintás el pelo?
—No te dejes las canas…
—¿Y tu esposo? ¿Te dejó por una más joven?
—¿Por qué tu perro ladra?
—¿Por qué no vendés esto y hacés aquello?

Preguntas lanzadas con liviandad, como si la confianza otorgara patente de corso para invadir la intimidad ajena. Como si opinar fuera una obligación y el silencio, una falta.

Conviene recordar que existe algo llamado tacto.
La prudencia es eso: una forma mínima —y cada vez más escasa— de educación.
No todo lo que se piensa debe decirse.
No todo lo que se sabe autoriza a aconsejar.
Y no toda cercanía habilita a cuestionar.

Dar consejos donde nadie los pidió no es generosidad: es intromisión.
La prudencia, en cambio, es una virtud silenciosa, discreta, casi invisible… pero profundamente humana.

 

Aristóteles la llamaba phronesis: la sabiduría práctica, la que sabe cuándo hablar… y cuándo callar.
Hoy parece una especie en extinción.

Séneca advertía que no todo lo verdadero debe decirse.
Pero abundan quienes confunden franqueza con brutalidad
y opinión con derecho adquirido.

Y Gracián —si levantara la cabeza— repetiría que “saber callar es el arte de los sabios”,
mientras observa cómo se reparten consejos no solicitados
con la ligereza de quien reparte volantes.

Decían los antiguos que la prudencia es madre de todas las virtudes.
Yo diría algo más simple:
la prudencia hace verdaderos santos.

 


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