La mazorca que se fue desgranando

 


Hay frases que uno escucha de niño y no comprende… pero que el tiempo se encarga de revelar.

Yo tenía apenas ocho o nueve años cuando murió mi tío, el hermano mayor de mi padre. A esa edad la muerte no se entiende; solo se perciben silencios más largos y miradas que pesan. Recuerdo a mi padre decir, con una calma que entonces me desconcertó:

 “Se está desgranando la mazorca.”

 Y yo imaginé exactamente eso: una mazorca dorada, tibia bajo el sol, cuyos granos caían lentamente uno a uno. No sabía qué quería decir, pero la imagen quedó guardada en algún rincón de mi infancia, esperando crecer conmigo.

Los años hicieron su trabajo.

Comprendí que mi padre hablaba de sus hermanos, de aquella primera generación unida como los granos al mismo corazón. Crecieron juntos, compartieron la escasez y la esperanza, las mismas raíces, los mismos sueños sencillos y enormes. Y la vida, con su ritmo inevitable, comenzó a desgranarlos.

Hoy, cuando miro esa mazorca ya abierta, no veo ausencia.

Veo herencia.

Veo risas que todavía resuenan en las sobremesas.

Veo enseñanzas dichas sin palabras.

Veo valores transmitidos en gestos cotidianos.

Veo ejemplo.

Vengo de una familia numerosa que, para sorpresa de mi niña interior, nunca fue ruidosa ni invasiva. Era una familia serena. De esas que acompañan sin imponer, que permiten equivocarse para aprender, caer para levantarse. Una familia que jamás negó su origen humilde, porque allí estaba su mayor dignidad.

Nada llegó por azar.

Todo fue trabajo.

Todo fue esfuerzo.

Todo fue fe.

Nos enseñaron que estudiar ennoblece, que el trabajo construye caminos, que el esfuerzo abre puertas invisibles y que siempre hay que mirar hacia arriba, poniendo primero a Dios en el andar.

Hoy somos treinta y dos descendientes de aquella primera mazorca… y más de cien en las generaciones que siguieron.

Más de cien granos nuevos nacidos de la misma raíz.

Llevamos con orgullo el nombre y el legado de la familia Abad Vergara: la solidaridad que abraza, el respeto que sostiene, la fe que guía, el trabajo que dignifica y la unión que permanece.

Tal vez la mazorca se haya desgranado…

pero cada grano cayó sobre tierra fértil.

Y allí, silenciosamente, volvió a florecer la vida.

Porque esa —y solo esa— es la verdadera abundancia.

 

 

Bertha Marina  Abad

Imagen Libre  de regalías   

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