Travesías urbanas

 




No hay nada más terapéutico que reírse de la impotencia. Sobre todo cuando la impotencia dura más de dieciséis horas, incluye llanto estratégico y se presenta disfrazada de viaje corto. Porque esto no era una epopeya: era un trámite. Ir, retirar el pasaporte y volver. Una gestión mínima. Un acto de fe administrativa.
Pero ya lo sabemos: en este país, todo trámite es una prueba de carácter.

Salí de la terminal con esa emoción casi cívica que provocan las cosas que funcionan. Limpieza, orden, puntualidad. La empresa de transporte era tan precisa que uno sospechaba estar en una sucursal suiza camuflada en la llanura santafesina. Subí al colectivo, busqué mi asiento, mi ventanilla —derecho humano básico— y partimos puntuales desde Rafaela.
Demasiado puntuales. El sistema aún no había mostrado los dientes.

Mi compañero de asiento era un señor de más de ochenta años, espécimen clásico del transporte interurbano: habla poco, protesta mucho. Refunfuñón matriculado, tos antigua (de esas que ya no se curan, se transmiten) y malhumor consolidado. Decidí aplicar una estrategia de supervivencia social: no existir. Mirar por la ventana, apoyar la cabeza y dormir.

No dormí. El señor se alteraba si alguien hacía ruido, si caminaban por el pasillo o si tenían la osadía de vivir. Lo observé comerse unos alfajores santafesinos con la concentración de quien sabe que ese puede ser su último momento de felicidad sólida.

La tragedia ocurrió en San Nicolás.

El ayudante anunció el destino y el señor despertó como un resorte maldito. En su sacudida involuntaria —una mezcla de tromba marina y reflejo ancestral— golpeó al pasajero de atrás. Fue entonces cuando, sospecho, perdió la dentadura. Yo asistía al espectáculo con prudencia sanitaria mientras él buscaba debajo del asiento, detrás del respaldo, en zonas donde la esperanza ya no llega.

Al amanecer, cuando se levantó, quise despedirme con educación. Vi su boca recogida, incompleta, oficialmente en huelga. Comprendí. No ofrecí ayuda. Hay pérdidas que son privadas.

Seguí mi camino: consulado, pasaporte en mano, reloj en modo amenaza. Aviso a mi esposo: hay que comprar pasaje ya. “Corré, sale uno a las diez”, me dice. Tengo media hora. “Llego en cuatro minutos”, respondo, confiada, como toda persona que aún cree que la lógica rige algo.

Pero el sistema, creativo como siempre, sumó un giro: los códigos de pago no aparecían. Corrí a la taquilla, me perdí en la terminal (que se expande cuando una entra en pánico), llegué sin aire. El empleado —

— me señaló el bus que, según él, estaba por partir. No mentía: tenía esperanza. Que es peor.

Salimos tarde. Muy tarde. Yo conversaba con un chico recién egresado de secundaria, lleno de sueños, rumbo a Bolivia con su mamá y su hermanita. Me dormí. Vi pueblos que no sabía que existían. Desperté en Rosario convencida de estar cerca.

Error de principiante.

A las 18 horas miré el reloj, el paisaje, y una localidad  San Vicente, miró por Google mapas la distancia para llegar a Rafaela. Faltaban más de cuarenta y cinco minutos. 

Avisé a mi esposo. El conductor llamó a la terminal. Me esperaron un poco. El último colectivo del día.
No alcanzó.

Lloré. No por sensibilidad artística, sino por logística: el último colectivo a mi pueblo había partido y ese pueblo —hermoso, tranquilo, pintoresco— es un agujero negro del transporte público. No entran los buses. No salen las soluciones.

Me ofrecieron dejarme en una ruta. Mi esposo, aún cuerdo, dijo que no. Una amiga ofreció su casa. Yo fui a la taquilla a hacer una sugerencia para el futuro. Ingenua.

Ahí apareció la representante del sistema.

—Ya sé lo que querés y qué tipo eres 

 —me dijo, sin saludo ni contexto.
—No soy de acá —respondí—, no sé a qué se refiere.
—Claro, después pedís devolución, te quejás, decís que te tratan como vaca porque no puedes estirar las piernas en el bus…

Me quedé muda. O tengo una gemela recorriendo terminales y dejando mala fama o esa señora estaba ensayando una obra sobre el resentimiento institucionalizado. Salí llorando otra vez, esta vez por estudios sociológicos no solicitados.

A las 22:30 una pareja amiga me rescató. Llegué a casa después de más de dieciséis horas, sin haber cometido delito alguno, con pasaporte nuevo y autoestima golpeada.

Hoy me río.
Porque sobreviví.
Porque reprimir emociones enferma el cuerpo y escribirlas ordena el caos.
Porque aprendí algo esencial para futuros viajeros:

el sistema te trata como ganado,
pero no todas las vacas aceptan viajar sin estirar las piernas.

No fue un trámite.
Fue un retrato social con equipaje de mano.


 Bertha Marina Abad

Imagines de cortesia de Freepik 

 


Comentarios