Algunas personas pasan por nuestra vida durante muy poco tiempo, pero dejan una huella que permanece para siempre. Amparo fue una de ellas.
Mi madre
estuvo siempre conmigo desde el día en que nací. Sin embargo, durante
algunos meses de mi primera infancia hubo otra presencia que también
dejó una huella profunda: Amparo, una nana de apenas diecinueve años,
responsable, dulce y luminosa.
No tocaba el timbre al llegar. Abría la puerta y simplemente silbaba.
Yo
aún no hablaba, pero al escuchar ese sonido la buscaba con la mirada,
como si ya supiera que me pertenecía de algún modo. Su voz quedó
guardada en algún rincón de mi memoria, como una música lejana de los
primeros días.
Con el paso del tiempo dejó de ser mi nana, pero nunca
desapareció de nuestras vidas. Incluso cuando nos mudamos de
departamento, seguía pasando a visitarnos, como si un hilo invisible la
mantuviera unida a nuestra casa.
La vida, con su manera misteriosa de
entrelazar historias, volvió a cruzarnos muchos años después: yo tenía
una alumna… y ella era su nana.
Han pasado más de cincuenta años y,
para mí, Amparo sigue siendo mi nana. Forma parte de esa familia que no
viene dada por la sangre, sino por el afecto y la memoria compartida.
Muchos
de estos recuerdos me los contaron mis padres, porque yo era apenas un
bebé cuando ocurrieron. Pero las historias, repetidas con cariño a lo
largo del tiempo, terminaron echando raíces en mi memoria… hasta
volverse también mías.
Imágenes de libre regalía Freepik

Comentarios
Publicar un comentario