La tía Olín





Hablar de mi papá y de su hermana, mi tía Ena Cecilia, es recordar un vínculo profundo y entrañable. Se llevaban apenas dos o tres años de diferencia, y eso se notaba: hablaban, se reían recordando su infancia, a veces discutían… pero enseguida volvían a amigarse, como si nada pudiera separarlos.

Con el paso del tiempo, esa relación creció aún más. Se volvieron verdaderos confidentes. Me sorprendía ver cómo se contaban todo, hasta los sueños. En los últimos años de vida de mi tía, se llamaban por las noches, acortando la distancia con sus palabras. Mi papá, con ternura, la llamaba “la Olin”.

Hablar de la tía Cecilia, de nuestra querida Chechy, es hablar de amor en su forma más pura.

Dicen que todos tenemos una tía especial… pero nosotros tuvimos a una tía universal. Esa que no hacía diferencias, que con 33 sobrinos lograba el milagro de hacernos sentir únicos. Nos miraba a los ojos y, en ese instante, nos hacía creer que éramos lo más importante del mundo.

La tía Cecy era detalle, era ternura, era presencia. Se alegraba con tan poco: un caramelo, una charla, una visita inesperada. Y sin embargo, nos daba tanto. Nos regalaba tiempo, palabras, consejos y, sobre todo, un amor que no se mide ni se olvida.

Se preocupaba por nuestro futuro como si fuera el suyo. Quería vernos estudiar, crecer, viajar, abrir la mente y el corazón. Con ella se podía hablar de todo. Siempre tenía una palabra justa, una pregunta sabia, una manera especial de hacernos pensar… y también de hacernos sentir en casa.

Tenía manos mágicas y un alma inquieta. Era ambidiestra, como si el mundo le quedara chico para todo lo que sabía hacer: pintaba, creaba cerámica, cantaba, enseñaba idiomas… pero su mayor talento era acompañar.

Estuvo para todos: para soldados, para niños de primera comunión, para quien necesitara guía, fe o simplemente alguien que escuchara.

Y aun así, siempre tenía tiempo.
Tiempo para amar.
Tiempo para estar.

Chechy no fue solo una tía. Fue refugio, ejemplo y luz. De esas personas que no pasan por la vida… sino que la transforman.

Hoy vive en cada recuerdo, en cada enseñanza, en cada pequeño gesto que aprendimos de ella sin darnos cuenta. Y aunque ya no esté como antes, su amor sigue siendo ese hilo invisible que nos une.

Porque hay personas que nunca se van del todo…

 y nuestra querida Cecy es, sin duda, una de ellas.



Comentarios

Anónimo dijo…
Todos sus sobrinos la recordamos como alguien muy especial, siempre estará en nuestros corazones,la quiero y recuerdo mucho. Mi hermosa y querida tía Cecy.
Muchas, gracias por tu comentario. "Era una persona maravillosa y se nota cuánto la amabas"
Así, es siempre en nuestros corazones. Gracias, por tanto amor y enseñanza a todos, los que te conocieron.