De la tía Rosa conservo recuerdos difusos, como fotografías que el tiempo ha ido destejiendo. Sin embargo, hay uno que permanece intacto, luminoso, y que cada vez que regresa lo hace acompañado de una risa inevitable: la explosión del suero.
La tía Rosa era comerciante por vocación y por instinto. Viajaba con maletas cargadas de telas, ropa y pequeños tesoros que ofrecía en cada lugar al que llegaba. Pero más allá de su oficio, era generosa en los afectos: nunca visitaba a la familia sin traer consigo algo para compartir. De sus equipajes emergían sabores de su mundo —diabolines, bollos, mantequilla de ajonjolí, dulces de tamarindo y chocolates—, aunque había uno que ocupaba un lugar especial: el suero costeño, espeso y vivo, casi como ella.
Aquella noche yo me encontraba en casa de la tía Gunda, donde me quedaría a dormir. La tía Rosa llegó de paso; al amanecer partiría hacia Cartagena, donde la esperaba otra parte de su vida. Traía consigo, como siempre, sus provisiones, entre ellas dos botellas de suero y un calabazo cerrado con corcho.
Antes de acostarnos, la tía Gunda le advirtió, con la sabiduría de quien conoce los caprichos de ciertos alimentos:
—No dejes el suero tan bien tapado…
Pero la noche avanzó entre risas y recuerdos compartidos, y la advertencia quedó suspendida en el aire, como tantas otras cosas que parecen no urgir.
En la madrugada, cuando el silencio lo ocupaba todo, un estruendo nos arrancó del sueño.
Fue un sonido seco, inesperado, casi teatral.
El suero había hecho lo suyo: una de las botellas explotó y el corcho del calabazo salió disparado, liberando su contenido con ímpetu. Al levantarnos, el comedor se reveló ante nosotros cubierto de manchas blancas, como si una lluvia espesa hubiera caído únicamente allí, en medio de la casa.
El desconcierto duró apenas un instante.
Porque entonces vimos a la tía Rosa.
De pie, contemplando el desastre, sonriendo.
Y en esa sonrisa no había enojo ni sorpresa, sino una aceptación alegre, casi cómplice, como si la vida —en su forma más imprevisible— le acabara de contar un chiste.
Reímos con ella, contagiados por su manera de habitar el momento.
Y así, entre el desorden y la madrugada, la explosión del suero dejó de ser un accidente para convertirse en recuerdo: uno de esos que, con el tiempo, no se limpian ni se borran, sino que permanecen, brillando suavemente en la memoria familiar.
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