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A un año de la partida, de mi suegro, el recuerdo de su presencia sigue vivo en cada gesto, en cada historia y en cada enseñanza que dejaste.
Fuiste una persona tímida, de esas que muchas veces se esconden detrás de su inmenso afán por atender a los demás. Siempre pendiente, siempre atento, siempre dispuesto a dar una mano sin pedir nada a cambio. Tenías ese don tan poco común de dar incluso lo que no tenías, solo para ayudar o para hacer sentir bien a quien estuviera cerca tuyo. Tu bondad era silenciosa, sencilla y genuina.
Guardo innumerables recuerdos compartidos. Fuiste quien me enseñó a tomar vermut y fernet, pero sobre todo quien me enseñó el valor de la charla sincera, de escuchar y de compartir el tiempo. Pasamos muchas tardes conversando, y yo disfrutaba escucharte contar anécdotas de tu vida, especialmente de tu infancia.
Una infancia marcada por un dolor muy grande: la pérdida repentina de tu mamá cuando apenas tenías 4 años. Ese golpe tan temprano dejó una huella profunda en tu impronta personal, en tu forma de ver la vida y de relacionarte con los demás. Aun así, supiste transformar ese dolor en sensibilidad.
Hoy, a un año de tu ausencia física, te recordamos con mucho cariño, respeto y gratitud. Gracias por cada gesto, cada palabra, cada enseñanza y cada momento compartido.
Tu recuerdo vive en quienes te quisimos y en cada historia que seguimos contando para que nunca te vayas del todo.
Siempre en el corazón.
Imagen de cortesía Freepik
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