Una taza amarilla y un ángel atento

 

 

 

 


 

A los tres años, uno ya comienza a construir recuerdos, a veces borrosos, pero otras tan nítidos que se graban para siempre. Fue a esa edad cuando viví una experiencia que, aunque parecía una simple travesura, pudo haber cambiado todo en un instante.


Recuerdo que era una mañana común. Mi padre se alistaba para salir al trabajo como siempre, alrededor de las siete. Mi madre, mientras tanto, entre los quehaceres del desayuno y la limpieza, barría la entrada de la casa. Yo, que usualmente dormía un poco más, esa vez me desperté antes. Salí al encuentro de mamá, quien al verme, me preguntó si quería desayunar. 

Con mi vajilla plástica amarilla —que usaba por seguridad—, me sirvió una taza de café con leche y una arepita dulce con anís. Me dejó en el comedor sentada, desde donde ella podía vigilarme.




En la entrada de la puerta, se encontraba una botella con gas o queroseno que había dejado momentáneamente en la entrada mientras recogía la escoba y la pala. Yo, movida por la inocencia y la curiosidad propia de los niños, tomé esa botella y, sin pensarlo, le eché un poco a mi taza amarilla. Sonreí. No sabía lo que hacía.


Mi madre, al volver la vista, sintió una sospecha. Se acercó y, en un acto casi instintivo, olió mi taza. El grito que dio fue tan fuerte como desesperado: había gas en mi bebida. Mi padre escuchó desde adentro y, sin perder un segundo, me tomó en brazos y corrió, atravesando calles y atajos, hasta el hospital, seis cuadras más allá. Yo solo recuerdo al médico diciendo: “Hay que hacerle un lavado de estómago”.


Hoy, cuando pienso en ese momento, no puedo evitar sentir gratitud. Gratitud por unos padres atentos, rápidos, amorosos. Si mi padre hubiese tomado el carro, quizá hubiese sido tarde. Pero su instinto y su amor me salvaron la vida.


A veces, los recuerdos más lejanos no son los más suaves. Pero sí los que más enseñan. Aquel día entendí —aunque años después— que el amor verdadero se mide en segundos… en decisiones rápidas, en un grito oportuno, en una carrera desesperada por salvar a quien más se ama.

 

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