Hay historias que, aunque parezcan pequeñas, se quedan para siempre en la memoria. Algunas nos hacen reír y, con el paso de los años, descubrimos que también tenían algo importante que enseñarnos.
Cuando yo era pequeña, mi papá me contaba una anécdota sobre un abuelo que vivía en el campo y que, de vez en cuando, viajaba a la ciudad.
Cada vez que anunciaba que iba a viajar, todos sus hijos y nietos aprovechaban para hacerle algún encargo.
—Abuelo, ¿me traes esto?
—Abuelo, ¿me compras aquello?
Y el abuelo, con toda su buena disposición, respondía siempre:
—Sí, cómo no…
Hasta que un día, el nieto más pequeño se acercó con unas monedas en la mano y, muy ilusionado, le dijo:
—Abuelo, ¿me traes un pito?
El abuelo lo miró y, sin dudarlo, le respondió:
—¡Tú pitarás!
La ocurrencia seguramente provocó unas cuantas risas, pero detrás de aquel simpático malentendido había una enseñanza que mi papá quiso dejarme.
Con los años comprendí que tener buenas intenciones no siempre es suficiente.
Muchas veces queremos ayudar, acompañar, responder o cumplir con lo que alguien espera de nosotros. Decimos “sí, cómo no”, porque sinceramente queremos hacerlo. Pero no siempre conocemos las necesidades, las posibilidades o las limitaciones de la otra persona.
También puede ocurrir al revés: esperamos algo de alguien porque suponemos que puede hacerlo, sin preguntarnos si realmente está en condiciones de hacerlo.
Aquella pequeña historia me enseñó a mirar un poco más allá de las buenas intenciones.
Porque antes de esperar, pedir o prometer, quizá sea bueno detenernos un momento y preguntarnos:
¿Qué necesita realmente el otro?
¿Puede hacerlo?
¿Tiene cómo hacerlo?
¿Estoy comprendiendo lo que me está diciendo?
A veces, detrás de un “sí, cómo no”, hay una verdadera voluntad de ayudar. Y otras veces, simplemente hay un malentendido.
Por eso, con el paso de los años, aquella frase del abuelo quedó en mi memoria, no solamente como una anécdota graciosa, sino como una pequeña lección de vida:
Las buenas intenciones necesitan, muchas veces, de comprensión, comunicación y ayuda mutua para convertirse realmente en buenas acciones.
Y quizás por eso las historias que nos cuentan de niños tienen tanto valor: algunas nos hacen reír en el momento… y otras siguen enseñándonos muchos años después.
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